
Somos eficientes funcionarios imperiales. Guiamos a la nación por los caminos correctos, con sabiduría y con suavidad. Fuera de nuestro manto sólo hace frio. No nos alcanzan las críticas, y nunca erramos: para eso hay funcionarios inferiores que, gracias a nuestra borrosa asunción de responsabilidades, cumplen con su fin de ser cabezas de turco.
Somos el Estado que no se ve, que pasa junto al ciudadano - ese objeto - como una corriente de aire frio que le eriza el vello. Somos la causa de lo inexplicable, la pieza secreta de todos los relojes. Somos el mecanismo que funciona.
Hay quienes tienen una visión beatífica de la democracia, y no reparan en que la democracia, desde la visión del Mandarinato, lo es todo: las urnas y las cloacas, que conviven, como en un cuadro de El Bosco, y sobre las que nosotros no hacemos juicios de valor. No son buenas o malas, mejores o peores unas u otras: todas son, todas están y todas ayudan a que el ciudadano - ese objeto - se sienta seguro, sabiendo que los cambios que se produzcan no tienen mayor importancia, que las leyes se dictan por su mejor provecho, que todo funciona, que todo es normal. Asi puede seguir las oscilaciones del mercado de futbolistas y obviar tedios.